Nunca entendí del todo la actitud de aquel compañero del instituto que, con 15 años, había iniciado una batalla personal, en la que parecía que le iba la vida, para conseguir que la Iglesia borrara su nombre de sus archivos. Más tarde supe que aquello que hacía aquel compañero tenía un nombre, apostasía, pero tampoco lo terminé de entender. Me parecía no sólo una demostración exagerada de fanatismo, un fundamentalismo religioso como otro cualquiera (al fin y al cabo los radicales de las religiones reivindican a su propio Dios, sea cual sea, negando al de los otros), sino también una pérdida de tiempo (¿por qué no le bastará, pensaba yo, con creer o dejar de creer en lo que él quiera?) y un desprecio a una decisión de sus padres tomada en sus primeros instantes de vida, me da igual si movidos por la fe, la costumbre, la tradición o simplemente con la intención de hacer lo que entendían que era lo mejor para él.
Yo soy un descreído, lo admito. Bautizado y nazareno, como son los descreídos en Sevilla. En mi declaración del IRPF marco siempre la casilla de “Otros fines sociales”. Y colaboro con ONG laicas, nunca con las que tienen carácter religioso, que también se merecen todo mi respeto. A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César, que respondió Jesús, según los Evangelios, cuando los fariseos le preguntaron si sus seguidores debían pagar impuestos. Y es de justicia reconocer que la Iglesia, con todos su defectos, ha hecho por los más necesitados más que cualquier Gobierno democrático. Ahí están las órdenes hospitalarias, por ejemplo, o las congregaciones misioneras… En los países desarrollados se nos va la vida pensando en cómo mejorar las condiciones de vida del Tercer Mundo, mientras son los misioneros quienes se la dejan allí donde más falta hace.
Aun así, sigo siendo un descreído. Pienso que importa el qué, no el porqué. Me da igual si la motivación es religiosa, cultural, o filantrópica. En el fondo, nunca he creído que el altruísmo exista realmente. Todos somos egoístas y buscamos nuestra propia felicidad, no la del otro. Lo que pasa es que a algunos lo que les hace feliz es precisamente ver que los otros lo son también.
Me estoy desviando de lo que quería contar, pero no importa. Hablaba de la apostasía, que me parece muy respetable, de verdad, muy digna y muy honesta, incluso. Pero inútil. Y, en el fondo, lo cierto es que pienso que no se trata de otra cosa más que una provocación. Por que no lleva a nada, más que a señalarte en oposición a un determinado colectivo. Y me refería a la apostasía a propósito del escándalo (bueno, dejémoslo en el folletín) que se ha montado en Lepe a propósito de la naturista a la que le dio por reivindicar el nudismo en plena romería de la Virgen de la Bella.
La mujer, que tiene todo el derecho del mundo a pasaerse como le venga en gana, se despojó de toda vestimenta y allá que se fue a El Terrón cual mitológica amazona a lomos de un caballo. Hasta ahí, bien. Lo que pasa es que la mujer se queja ahora de que aquel gesto le valió la crítica del cura durante una homilía ante los numerosos fieles que llenaban la iglesia, y que aquel sermón, dice, ha encendido los ánimos de unos feligreses enfervorizados que la están vistiendo, a ella que es nudista, de limpio. Dice, además, que el cura no le perdona que hace unos años tuviera que firmar la apostasía de esta mujer, y que por ello ha alentado a las masas contra ella.
Dice, además, que aprovechó la romería de Lepe (cuyo trasfondo religioso es innegable, vaya) por la presencia de jinetes y amazonas, ya que una convocatoria anterior que había realizado para celebrar una cabalgata nudista por el pueblo hubo de suspenderse, cómo decirlo… por falta de quorum. Que no fue nadie, vaya.
En fin, que cada uno es libre de hacer lo que quiera. Yo no justifico los ataques que está recibiendo, que son de todo punto inadmisibles. Pero que si la mujer va tocándole las narices a la gente allí por donde va, que no se queje luego de que la toman con ella. El respeto hay que ganárselo. Y una buena forma de hacerlo es respetando a los demás.